Cuando vamos cerrando el año y llegamos a noviembre, tengo la sensación de que se dispara aún más la aceleración con la que vivimos, continuamente exigidos, estresados y agotados.

Percibir por las calles de la ciudad a los operarios que, con una anticipación casi de dos meses, van colgando las luces de Navidad recordándonos la celebración que vendrá, activa internamente en nosotros y en nuestros hijos, todo el imaginario que se mueve alrededor de las fiestas, y crea una ansiedad conectada con las expectativas de aquella vivencia.

El Black Friday que se propone en noviembre, es la antesala de un “DESCUENTO” que nos invita al consumo y al gasto preventivo y ahorrativo, -después de “Halloween”, y un eterno y continuado calendario marcado por unas dinámicas que cada año, se repiten como si fueran lo que estructura nuestras vidas.

Este calendario anual instaurado sin permiso pero con una estrategia silenciosa en espiral, a mí se me representa muchas veces, como la imagen de un conejo que va detrás de una zanahoria sin nunca poder alcanzarla…

…en tanto que: después de Navidad vendrán los Reyes; el día siguiente de los Reyes: las rebajas; luego -sino me olvido de algo-la Semana Santa, Sant Jordi, Sant Joan y así una lista que sigue y se repite año tras año.

Esta velocidad y prisa crónicas, por supuesto que están íntimamente alentadas por el consumo que tapa una sensación de vacío e incomodidad.

En un ciclo interminable de deseo y descarte, la velocidad impulsa la obsolescencia.

Lo que hoy es objeto de deseo, mañana ya es un desecho por descartar, en un ciclo donde el valor se proyecta hacia lo nuevo, como siguiendo la lógica Apple del continuará, 16, 17, 18, 19…
Necesitamos lo último, lo más rápido, no por una necesidad funcional real, sino por la imperiosa necesidad psíquica de mantener el ritmo.

Pareciera como si la identidad se construyera a través de lo que compramos, y la novedad se convirtiera en el analgésico de turno para la ansiedad que genera precisamente la falta de sentido.

Bombardeados e invadidos constantemente de publicidad que nos propone que cualquier vacío emocional, cualquier incomodidad existencial, puede ser llenada (aunque solo sea momentáneamente) con un producto.

Esta dinámica invisible y al mismo tiempo instalada y sustancial, dispara la exigencia de la “productividad permanente”, convirtiéndose en el motor de una economía y una cultura ligada al famoso FOMO –miedo de perderse algo- que prosperan gracias a nuestra distracción e insatisfacción constante.

La velocidad se ha convertido en una tiranía que nos impide detenernos, respirar y, sobre todo, poner el foco en lo verdaderamente importante. El coste de esta aceleración continuada, está directamente vinculada de nuestra capacidad de atención y de conexión profunda y presente.

El resultado de esta combinación de velocidad y consumo es la fragmentación de nuestra atención y foco.

En un mundo de notificaciones constantes y scroll infinito, la PRESENCIA Y DISPONIBILIDAD EMOCIONAL se convierten en el bien más escaso.

Vivimos en modo reactivo, saltando de una tarea a otra, de una pantalla a otra, volviéndonos maestros en la superficialidad.

Para contrarrestar esta inercia, se requiere un acto de resistencia consciente.

Reducir la velocidad no es solo ir más despacio, sino recuperar la soberanía sobre nuestro tiempo.

Poner foco en lo importante implica desaprender la adicción al rendir y a tener, para desplegar nuestro Ser y dejar de hacer.